Del Valle del Rift al Valle de Alcudia

Animado por la buena jornada ornitológica que tuvimos la pasada Semana Santa (ver el post “Guadalmez, el río que nos lleva“) me propuse realizar una ruta en bici, desde la estación de tren de Guadalmez a la Isla de los Galápagos. El objetivo de la ruta era llegar a este lugar privilegiado del río por su margen derecha, e intentar observar las cigüeñas negras que se concentran en esta zona, para preparar su emigración a tierras africanas.

Era primera semana de agosto, y ya se respiraba en el ambiente la migración de las aves, con los días más cortos y las noches más frescas.

Poco después de dejar la estación de tren a mis espaldas,  me empecé e recrear en las magníficas dehesas de las faldas del Cerro Buenos Aires en busca de mis primeras aves para mis anotaciones en el  cuaderno de campo.

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En una charca cercana a la carretera, pude observar una gran bandada de abejarucos europeos, que ya notaban la llamada de la migración a sus cuarteles africanos, y comenzaban  a concentrarse en grupos con adultos y jóvenes nacidos este año.

Al cruzar el puente sobre la carretera que lleva al camino de la Presa de Mendoza, me cruzo rauda y veloz una tórtola turca, que iba a cebar a sus pollos en el nido que tenía en la copa de una encina de gran porte.

Mientras me acercaba al puente sobre el Guadalmez, miraba los postes de la luz junto a la carretera en busca de alguna especie de ave interesante que usase estas estructuras como posaderos. Y la espera tuvo recompensa. En un cable había un bello ejemplar de alcaudón común oteando con detenimiento los herbazales en busca de algún saltamontes o lagartija para llevarse al pico.

Al llegar al puente hice una pequeña parada para refrescarme y coger los prismáticos en busca de las numerosas garzas que abundan en el meandro del río.

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En las rocas de las orillas del río, un buen grupo de galápagos europeos tomaban el sol plácidamente. En la otra orilla, una garceta común esperaba ansiosa su turno para pescar algún pececillo o renacuajo distraído.

Desde las ramas de un adelfar, una pareja de mirlos cantaban al unísono con su melodioso canto.

En la explanada del helipuerto, algunas cogujadas comunes se fundían con bandos de gorriones comunes en busca de semillas en la zona del herbazal.

Posteriormente, tomé la pista de tierra que sale a la derecha del puente sobre el Guadalmez, siguiendo la margen derecha del río.

De entre los tamujos y adelfares varios ejemplares de rabilargos me avisaban de su presencia con sus chillones y estridentes cantos.

El camino se volvió muy tortuoso, una auténtica sucesión de cantos, que hacía difícil el trayecto en bici. El esfuerzo de pedaleo y el sofocante calor hizo que parase para reponer líquidos y evitar el insoportable traqueteo de la bici. Aproveche para volver a coger los prismáticos y mirar las imponentes sierras cuarcíticas, en busca de alguna rapaz que merodeara desde los altos oteadores.

Los primeros buitres leonados se dejaban ver, aprovechando las corrientes térmicas que les hacían planear sin apenas dar un solo aleteo.

El sol deslumbraba mi vista, y por encima de la sierra cuarcítica dos cigüeñas iniciaban sus planeos. La intensidad de luz no me dejaba distinguir de que especies se trababan.

Busqué una amplia sombra debajo de una encina y allí se despejaron mis dudas. Una cigüeña blanca y mi primera avistamiento de una cigüeña negra, un bello ejemplar juvenil.

Sierra cuarcítica

Poco después llegué a la Presa de Mendoza. En la misma presa se avistaban las primeras garzas reales, garcetas comunes y bandadas de ánades reales.

El río empezaba a acusar el estío veraniego y el cauce de la parte de baja de la presa era una sucesión de cantos rodados y pequeñas charcas estacionales entrelazadas, donde andarríos chicos y cigüeñuelas, rastreaban con sus picos los limos en busca de alimento.

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El calor empezaba a ser insoportable y las fuerzas empezaban a fallar. Llegué a una bifurcación de caminos y me dí cuenta de que me había perdido. No encontraba el camino a la isla de los Galápagos. El esquemática mapa que el llevaba en el bolsillo no me aclaraba, y no tenía cobertura en móvil para ver el GPS.

Con un golpe de fortuna apareció un guarda en todoterreno que me explicó que iba por el camino equivocado, además de explicarme que había una cancela con candado que no podría cruzar. El calor y las agujetas empezaban a hacer mella así que opté por volver sobre mis pasos y coger una pista para intentar llegar a las Cábilas y disfrutar de las vistas del río en altura y acabar allí la ruta.

Cogí la pista de vuelta y en una bajada, tuve que frenar en seco al encontrarme de manera fortuita un rebaño de vacas y toros. El ruido del frenazo hizo que una bandada de garcillas bueyeras salieron volando asustadas en todas direcciones. Un encuentro brusco y fugaz con la protagonista de nuestro post.

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Nuestra garcilla bueyera (Bubulcus ibis) es una pequeña garza blanca, con tintes amarillos en la cabeza y pecho, cuando está en época de celo. El resto del año es completamente blanca.

Vive en zonas pantanosas, ríos, embalses, charcas y se alimenta en zonas más secas como herbazales. Su alimentación se basa en insectos, pequeños anfibios y reptiles.

Siempre la encontramos asociada a concentraciones de ungulados salvajes y domésticos, como ovejas merinas, reses bravas o vacas. Son magníficos aliados del ganado, pues les libran de los molestos insectos que les pican con ahínco, de ahí que en muchas zonas de España se les llame con el nombre de “espulgabueyes”.

Originaria de las zonas tropicales de África, Asia y sur de Península Ibérica, es una de las especies que ha experimentado mayor expansión en un periodo de tiempo tan corto.

En el siglo XIX cruzó el Atlántico por Surinam, y a día de hoy la podemos encontrar en países tan lejanos como Cuba, Canadá o Chile.

Hacen desplazamientos tan remotos que algunos ejemplares se han visto volar por islas subantárticas como las Orcadas Sur o las Georgia del Sur.

Es curiosa su manera de colonizar nuevas territorios. Se la ha visto cruzar el Atlántico encima de la cubierta de barcos mercantes. También se ha introducido en otras partes del mundo, para controlar las plagas de insectos que afectan al ganado doméstico, como en el caso de las islas Hawai en EEUU.

En España sufrió un importante retroceso a mediados del siglo XX, y a partir de esta fecha ha experimentado una importante expansión hacia el norte.

En la cola del embalse de la Serena existe una importa colonia de estas bellas aves.

Todos tenemos en la retina la imagen de los documentales de La 2, sobre las sabanas africanas, donde un grupo de búfalos cafres, entre acacias, junto al río Mara en Kenya, soportan sobre sus lomos estoicamente las andanzas de estas atrevidas aves.

En su origen en el Valle del Rift africano, y su posterior expansión hacia el sur de Europa, las garcillas bueyeras han encontrado en las dehesas de Gualdamez y en su río, un hábitat ideal, lleno de recursos que le recuerdan a su patria del continente negro.

Cuando en el Guadalmez ví las garcillas bueyeras sobre las reses bravas, hice un ejercicio de abstracción. Cerré los ojos por un momento y cambié las reses bravas por búfalos cafres, las encinas por acacias, y el río Guadalmez, por el río Mara en Kenya,  y los buitres leonados por buitres de Rupëll, y la similitud del Valle de Alcudia con el Valle del Rift de África Oriental no podía ser más acertada.

Después de esta idealización del paisaje continué el camino hacia las Cabilas.

Después de tantas emociones y kilómetros en bici decidí dejar la visita a las Cabilas para otra ocasión. Me paré a disfrutar de las magníficas vistas del Guadalmez con la Sierra de Santa Eufemia al fondo.

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Como colofón a esta interesante ruta en bici me despidieron 4 bellos ejemplares de cigüeña negra sobrevolando las riberas del río.

La próxima vez que vayáis al Guadalmez y veáis bandos de garcillas bueyeras acompañando a ovejas merinas o reses bravas, recordad que estas aves tan interesantes han elegido este valle mágico como hábitat, pues es un calco de su patria en el Valle del Rift africano. ¡Cientos de garcillas bueyeras, no pueden estar equivocadas!

¡¡Felices avistamientos!!

(C) Rafael Almena Cuevas

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3 thoughts on “Del Valle del Rift al Valle de Alcudia

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