VALDEAZOGUES, GARGANTIEL Y GUADALMEZ: LOS RÍOS DE LA VIDA.

Desde que era muy pequeño,  una de las cosas que más me han llamado la atención del Valle de Alcudia, es la calidad de las aguas de sus ríos y la variedad y riqueza de la fauna y flora que se puede ver en ellos.

Cuando tomaba el tren a mi pueblo, en el trayecto desde la estación de Caracollera hasta la de Belalcázar, siempre me pegaba a la ventanilla derecha del tren para ver los ríos Valdeazogues, Alcudia y Guadalmez.

Rio Valdeazogues

Rio Valdeazogues

Me atraían poderosamente aquellos bellos paisajes de sierras cuarcíticas con interminables dehesas, donde volaban buitres leonados y negros. Los fondos de los valles eran atravesados por ríos con aguas cristalinas, tapizadas por alfombras de ranúnculos e incluso algunos nenúfares. Contemplaba con la ingenuidad de un adolescente que descubría la naturaleza de estos bellos parajes, su riquísima flora y fauna. En las orillas de estos ríos veía volar desde el cómodo asiento del tren, martines pescadores, abejarucos, garcetas comunes o los nidos de las cigüeñas blancas del Molino Blanco, muy cerca del cauce del Valdeazogues.

Galápago Leproso

Galápago Leproso

Siempre estaba alerta ante la posibilidad de ver alguna nutria en alguna piedra y, muchas veces decepcionado, me distraía con otras sorpresas como con algún zorro que bajaba a beber al río.

Cuando el tren se acercaba a la orilla del río Guadalmez, pasaba varios minutos embelesado mirando la gran colonia de garcillas bueyeras, garcetas comunes y garzas reales, de las islas de tarays del interior del río. A veces me quedaba con la boca abierta al ver algún ejemplar de cigüeña negra, que habitaban las sierras cercanas como la de la Moraleja. Si el viaje era en agosto o septiembre el premio era mayor, pues era la época cuando las cigüeñas negras se concentraban antes de su viaje post-nupcial a tierras africanas.

Estos viajes en tren marcaron tempranamente mi pasión por este espacio natural tan increíble y salvaje, donde aún a día de hoy podemos ver con relativa facilidad la fauna ibérica más amenazada, con especies tan interesantes como águila perdicera, buitre negro, cigüeña negra o nutria.

A modo de homenaje a aquellos primeros acercamientos a la naturaleza del Valle de Alcudia, decidí realizar el pasado puente de primeros de mayo de 2015, una ruta en bici para tratar de retratar una parte de la magnífica biodiversidad de la comarca.

La ruta era de 50 kilómetros recorriendo los municipios de Almadenejos, Gargantiel, Almadén y acabando en Guadalmez. Visitando los ríos Valdeazogues, Gargantiel y Guadalmez. Me propuse anotar todas las aves que fuese observando, así como otras especies de animales que viese durante la ruta. Fijé mi objetivo en unas 20 especies distintas de aves. Cuando acabéis de leer este relato, os daréis cuenta de que me quedé un poco corto en la estimación. Con gratas sorpresas además, pues anoté especies para mi cuaderno de campo, que al mes de mayo de este año, aún no había avistado.

Esta es la crónica de la ruta de un día de primavera, del mes de mayo de 2015:

El día había amanecido muy fresco y nublado. Cuando me baje del tren con la bici en la estación de Almadenejos, agradecí este tiempo, ya que me quedaban muchas horas de pedaleo hasta Guadalmez. La carretera desde la estación de tren hasta el pueblo de Almadenejos, no podía estar más florida y colorida. Ambas cunetas eran una sucesión de tonos amarillos, rojos, violetas y blancos, por la abundancia de dientes de león, amapolas, cantuesos y jaras. Esto me recordaba que estábamos en pleno mes de las flores y donde la actividad de la fauna estaba a pleno rendimiento.

amapolas

Tras pedalear el kilómetro y medio que separan la estación de Almadenejos del pueblo, llegué a la imponente Puerta de Almadén de siglo XVIII, uno de las puertas de entrada del recinto amurallado de este bello pueblo.

Puerta de Almadén. Almadenejos (Ciudad Real)

Puerta de Almadén. Almadenejos (Ciudad Real)

Pedaleando por las calles interiores del pueblo, camino de su plaza, a mi derecha se alzaba la magnífica Sierra de la Cerrata, hábitat de aves rapaces tan amenazadas como el águila perdicera, y en ella ya comencé a ver los primeros buitres leonados, que comenzaban a planear con las primeras térmicas de la mañana.

Por encima de mi cabeza pasaban a toda velocidad multitud de golondrinas comunes y aviones comunes en dirección a sus nidos hechos en los tejados de las casas.

Me paré un momento a contemplar el nido de cigüeña blanca de la Iglesia de la Purísima Concepción, una enorme plataforma de ramas, que eran aprovechadas por otras especies como estorninos negros y gorriones comunes, para a su vez anidar en él.

Cigüeña en iglesia de Almadenejos

Cigüeña en iglesia de Almadenejos

Salí del pueblo, y al llegar al desvío con la carretera a Puertollano, me despisté, no sabía que camino tomar. Como una señal, un rabilargo apareció en una valla de una finca de caza, y siguiendo su vuelo con los prismáticos, vi el cartel que me indicaba la carretera hacia la pedanía de Gargantiel.

Los trigueros cantaban con mucha efusividad, posados desde las vallas metálicas de los cotos de caza. En un cable de la luz, un simpático pajarillo, no paraba de moverse, y cuando se había calmado, pude comprobar que se trataba de un simpático ejemplar de herrerillo común.

Herrerillo común

Herrerillo común

Durante mi descenso hacia el Valdeazogues, disfrutaba de las magníficas dehesas que se extendían por las faldas del Cerro Morretón.

Rio Valdeazogues

Rio Valdeazogues

Tras varios metros de descenso que aproveche para no dar más pedaladas, llegué al puente que cruza el Valdeazogues.

Me paré en su margen derecha a mirar con los prismáticos. Sobre las pasarelas del Arroyo  Lituero había un andarríos chico, que rápidamente voló cuando detectó mi presencia. Detrás de este, una lavandera blanca se daba un reparador baño y, tras ella, una pareja de tórtolas turcas bajaron para aplacar su sed.

Pasarelas Arroyo Lituero

Pasarelas Arroyo Lituero

Decidí tomar la pista que de la izquierda, que se adentraba en el río, y que te lleva al Peñón de las Tres Hermanas. Me vino a la memoria, la ruta que hice el verano pasado con mi amigo Pablo Merino de Almadén y que me llevó a visitar este espectacular paraje por primera vez.

Decidí dejar la bici en la puerta de la cancela del camino para dar un agradable paseo por la orilla del río. Justo cuando estaba poniendo el candado a la cadena, apareció volando de una dehesa cercana la primera sorpresa del día, un bonito arrendajo. La urraca multicolor. Una especie esencial para los bosques pues es una gran dispersadota de frutos y semilla.

El paisaje no podía ser más espléndido. A mi derecha las dehesas del Collado del Valle de la Cueva, y a mi izquierda el Valdeazogues con todo su esplendor.

Dehesas Collado de la Cueva

Dehesas Collado de la Cueva

Comencé a escuchar el arrullo de las tórtolas comunes, muy escasas y difíciles de ver, pero ante la vegetación tan cerrada me tuve que conformar con oírlas.

Contemplar el Valdeazogues, era estar en un remanso de paz. Un magnífico bosque galería muy bien conservado compuesto de sauces, fresnos, tamujos y adelfas, y su cauce tapizado por ranúnculos. Lugar ideal para la nutria y la cigüeña negra.

Los cantos de pequeños paseriformes me rodeaban por doquier, y entre un arbusto pude distinguir un carbonero común. Tras esto, en un claro, bajaron a beber una pareja desconfiada de mirlos comunes.

Continué avanzando por la orilla del río, y al instante oí un canto aflautado inconfundible. Me puse en alerta, y con paciencia puede descubrir que se trataba de una escurridiza pareja de oropéndolas europeas.

Tome una pequeña vereda que se internaba en el bosque de ribera. Allí jugaban a perseguirse un inquieto grupo de pequeños mitos.

El final de la vereda conducía a la orilla del río, donde no había vegetación. En esta zona el río hacía un gran meandro y al fondo de veía un gran risco de cuarcitas. Me quedé un buen rato contemplando paradisíaco paisaje. Una pena que iba con el tiempo justo, pues me hubiese gustado acabar en el Peñón de las Tres Hermanas.

Decidí volver acelerando el paso, para llegar cuanto antes a Gargantiel. En lo alto de unas peñas de cuarcita se recortaba la silueta de una gran rapaz. Como estaba nublado, se veía muy oscura y no distinguía de que especie se trataba. Tras un buen rato esperando, cuando se abrieron las nubes y había más sol, pude observar que se trataba de una imponente culebrera europea.

Culebrera europea

Culebrera europea

Justo antes de montarme en la bici, me despidieron de este bucólico lugar, una pequeña bandada de grajillas que eran perseguidas por dos urracas.

Aprovechando una gran recta, aceleré la pedalada, pero a pocos metros frené casi en seco para poder fotografiar unos abejarucos europeos que estaban posados en un cable de la luz.

Abejaruco europeo

Abejaruco europeo

 

Unos kilómetros más adelante, en una torreta eléctrica tenían el nido dos cigüeñas blancas y su nido era aprovechado por una importante colonia de gorriones morunos.

Cigüeña blanca

Cigüeña blanca

Estos últimos hacían el número 20 de lista de especies avistadas. El objetivo se había cumplido y aún me quedan muchos kilómetros por recorrer, así que la lista se vería ampliada por nuevas especies.

Rio Gargantiel

Rio Gargantiel

A pocos kilómetros llegué a un puente que cruzaba el río Gargantiel. A pesar de la sequía, llevaba buen caudal y con calidad de agua excelente.

No mucho tiempo después llegué a la pedanía de Gargantiel. Me recibió la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de Gargantiel. El pueblo respiraba tranquilidad, apenas había gente en sus calles, y un pastor me dio los buenos días con su rebaño de ovejas merinas.

Iglesia de Gargantiel

Iglesia de Gargantiel

En la salida del pueblo había una gran bajada que aproveché para coger mucha velocidad con la bici y no tener que pedalear en varios metros. Iba a tanta velocidad que espanté a dos cogujadas comunes que estaban posadas en medio de la calzada.

A partir de los Cerros de la Dehesilla de Gargantiel y la Solana, la vegetación cambiaba de madera drástica, compuesta por pinares de repoblación. De entre estos pinares apareció volando una majestuosa águila calzada en fase clara.

Dehesa en Gargantiel

Dehesa en Gargantiel

Tras este último avistamiento llegué al cruce con la carretera a Almadén. Ya se acercaban las 2 de la tarde y comenzaba a tener hambre, así que decidí parar a tomarme el bocadillo en el Embalse de la Ribera. Pero no sabía que andaba equivocado.

Una sucesión de cuestas de mucha pendiente se me hicieron insufribles. Y según avanzaba cada vez me daba cuenta que el Embalse de Quejigo Gordo estaba al Este del cruce que había tomado, así que decidí aguantar como podía y comer en Almadén.

Aproveché las bajadas que había hasta la Mina de las Cuevas y allí en el cercano Arroyo de los Álamos sumé otra para la lista, martín pescador.

La subida desde la Mina de las Cuevas hasta la entrada a Almadén se me hizo eterna. Llevaba mucho tiempo pedaleando y las piernas comenzaban a fallarme, así que no me quedó más remedio que bajarme de la bici y hacer los dos últimos kilómetros andando.

Antes de llegar al Polígono Industrial Pozo de las Nieves, en el cercano Arroyo del Tamujar, entre unos arbustos se dejo ver un tímido ruiseñor común.

Con la lengua afuera, llegué a la Avenida Ramón y Cajal. Allí me recibió el cartel de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por las Minas de Almadén.

Almadén UNESCO

Almadén UNESCO

Bajé la avenida, no sin antes pararme a ver unas magníficas vistas del pueblo, con telón de fondo el atractivo Castillo de Retamar.

Hice un largo descanso en la estación de autobuses para comer el bocadillo y tomarme una reparadora cervecita que me restaurase los minerales perdidos. Me entraron tentaciones de acercarme al parque minero, pero el reloj mandaba, si no quería llegar muy pillado de tiempo para coger el tren en Guadalmez.

El descenso por la carretera a Córdoba aprovechando la pendiente descendente fue de lo más vertiginoso y sólo paré para echarle unas fotos a los imponentes macizos rocosos de la Peña del Gato.

Peña del Gato

Peña del Gato

La carretera partía en dos la Sierra de la Virgen del Castillo y la Sierra de los Cordoneros. Instantes después comencé a ver gran cantidad de buitres leonados que descendían a toda velocidad, a una pista que subía a Cordoneros. Seguramente habían detectado alguna carroña. En un instante pude llegar a contar hasta 20 individuos.

Estaba con la mosca detrás de la oreja, e intuía que entre tanto leonado se podía colar alguno negro, y con un poco de paciencia, ¡eureka!, un espectacular ejemplar de buitre negro.

En un zarzal cercano a la carretera había posado un alcaudón común atento ante cualquier posible presa que llevarse al pico. Detrás de este, a lo lejos, en un poste de tendido eléctrico hacía lo propio un cernícalo vulgar, que cuando se dio cuenta de que intentaba fotografiarle, alzó el vuelo en dirección a la Sierra de la Virgen del Castillo.

alcaudón común

Aproveche otra bajada para coger velocidad y llegar cuanto antes al río Valdeazogues.

En una zona abierta de retamas, junto a la calzada romana o antiguo camino de Almadén a Sevilla, en una un majano, la inconfundible silueta de un alcaudón meridional.

Llegué al puente del Valdeazogues, anterior al puente de hierro. El paisaje era de los más vistosos. La imponente mole de la Sierra de Andarón, con los restos del Castillo de Andarón o Aznaron coronándola. Una magnífica muestra monte mediterráneo cerrado, con mezcla de encinas, alcornoques, jaras, y en lo más alto peñas cuarcíticas ideales para el anidamiento de las rapaces.

Sierra de Andarón

Sierra de Andarón

Me asomé al río, que bajaba con buen caudal, para la época del año en la que estábamos y entre el tapiz de los ranúnculos, nadaban con parsimonia una pareja de ánades reales.

Dejé la bici en una cuneta, y me pasé a la otra para ver la orilla del río que daba a la zona del Molino Blanco. A lo lejos se veían en las torretas eléctricas los nidos de las cigüeñas blancas. Y en una zona de carrizal, otra sorpresa más, elegante garceta grande, reconocible por su figura estilizada y el color amarillo de su pico.

Trepé por unas peñas, para subir al Puente de Hierro y tener unas mejores vistas del Valdeazogues. A lo lejos sobre una piedra estaba posada una garza real, y acompañándola en su descanso una garceta común.

Puente de Hierro

Puente de Hierro

En una cueva cercana, una pareja de aviones roqueros tenían su nido, y entraban y salían con insectos en el pico para cebar a sus pollos. Detrás de la cueva, en la vía del tren en un poste de madera, se posó un colorido roquero solitario.

Las golondrinas dáuricas también tenían los nidos cercanos a los de los aviones roqueros, y pasaban planeando a ras de agua para coger todos los mosquitos que podían.

Llegué a la estación abandonada de Chillón, ahora aprovechada por multitud de estorninos negros y golondrinas comunes para hacer sus nidos.

Crucé un pequeño puente de cemento con ojos, una pista que kilómetros después te lleva a Guadalmez. Me escondí tras un gran adelfar, para fotografiar a una garceta común que pescaba en el río.

Garceta común

Garceta común

Me paré una vez más a deleitarme y fotografiar de los magníficos paisajes que ofrece el río Valdeazogues.

Tras subir un puente que cruzaba la vía del tren, tenía una espléndida perspectiva del Valle de Alcudia. A mis espaldas la alineación de la Sierra de la Solana y, de frente, la Sierra de la Umbría. Entre medias, la carretera de Alamillo, que marca casi cartográficamente por donde discurre el valle.

Tras un buen rato pedaleando me encontré con un cruce que no conocía. Como iba con tiempo para coger el tren, decidí coger esa carretera que nunca había cogido y tenía curiosidad por saber a donde me llevaba. Tras una gran curva me di cuenta que era la antigua carretera y me llevaba al Puente del Arenal.

Puente de las Arenas

Puente de las Arenas

Hacia el Este se perfilaba la magnífica Sierra de Santa Eufemia, con su castillo en la cúspide. Una zona que a principios del año 2000, todavía contaba con una pequeña población de lince ibérico. Yo siempre he sido de la opinión de que este maravilloso felino nunca se fue de estas sierras y que, aún hoy día, alguno de los últimos linces del valle aún campean por estos formidables paisajes. De todos modos, con el programa de reintroducción qué se está llevando a cabo tarde o temprano el lince recuperará sus antiguos territorios de campeo, eso si alguna vez no se fue de estos.

Volví a la carretera y a lo lejos se veía la Vega de San Ildefonso y el llamativo Palacio de Moret. Tuve tentaciones de visitarlo pero preferí dejarlo para otro día, ya qué las fuerzas comenzaban a fallarme de nuevo.

Me asomé desde el puente para ver el Guadalmez y allí había un pequeño grupo de galápagos leprosos sobre unas piedras tomando el sol.

Y tras unas cuantas cuestas y rectas por fin llegué a la estación de tren de Guadalmez. Allí paré un rato para sentarme un poco, estirar las piernas y reponer líquidos.

Viendo qué aún me sobraban dos horas hasta que saliese el tren para mi pueblo, decidí acercarme a la cercana Presa de Mendoza para hacer un último intento a las cigüeñas negras.

Presa de Mendoza

Presa de Mendoza

La cancela de la entrada a la presa estaba abierta. Entre las copas de una gran encina apareció una abubilla. Y tras estas una gran multitud de palomas torcaces.

Según me acercaba al río, con traqueteo de la bici, iba levantando pequeños grupos de pajarillos, primero jilgueros, luego verdecillos y por último una pareja de verderones comunes.

Dejé la bici en una zona de piedras y comencé a caminar pegado a la orilla del río.

A lo lejos, en la otra orilla, en una zona de adelfar, una garza real me observaba con detenimiento. Cuando ya está justo en la línea del agua, un ruido llamó mi atención. Era una especie de chapoteo, y en un instante pensé que se trataba de la nutria. Así que preparé la cámara por si acaso. Tras minutos de paciencia pude comprobar que se trataban de los barbos comunes que por aquellas fechas trataban de remontar la presa.

Según me iba acercando a la presa, en el cielo chillidos agudos y chirriantes delataban la presencia de los charrancitos comunes. Mucho más alto, los vencejos comunes volaban a toda velocidad, a pesar de calor reinante de aquellas horas de la tarde.

En medio del río, sobre un tronco varado en medio de su cauce, se arremolinaban un pequeño grupo de cormoranes grandes.

Ya estaba sobre la base de la presa. Llamaba la atención el cauce con el que bajaba el río, vertiendo cortinas de agua a modo de cataratas. A lo lejos, ajeno a mi presencia, nadaba con parsimonia un macho de somormujo lavanco.

El tiempo tocaba a su fin si quería coger el tren a su hora, así que cogí la bici y tomé el camino de vuelta a la carretera, no si antes cerrar la cancela por si escapaban las ovejas.

Antes de llegar a la estación, a la derecha de la carretera había una charca para que abrevase el ganado, y bajaban a beber los abejarucos. En un cercano poste un impetuoso macho de tarabilla común cantaba con fuerza hinchando el pecho, y era la última especie que cerraba la cuenta de esta ruta tan interesante.

En el andén de la estación, repasando la lista de especies, las expectativas se vieron más que cumplidas con 44 especies de aves, 1 de reptil y 1 pez. Una pequeña muestra de la riqueza faunística de este valle mágico. Si aún no lo conocéis os animo a que lo visitéis.

Os aseguro que quien lo visita repite. ¡Felices avistamientos!.

 

© Rafita Almenillaabeja

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3 thoughts on “VALDEAZOGUES, GARGANTIEL Y GUADALMEZ: LOS RÍOS DE LA VIDA.

  1. Gracias Antonio. Jonacua, te animo a qué conozcas estos bellos parajes. Si eres aficionado a la ornitología como yo, esta es sin duda una de las mejores zonas de España para observarlas. Siempre qué puedo me escapo por allí. Un saludo.

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